Dying Light: The Beast es abrazar la barbarie: Techland regresa a la esencia del original… y la lleva al límite

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que un juego de acción te ha dejado completamente rendido a sus acontecimientos? No me refiero a cumplir con las expectativas, que eso ya es un tema aparte, sino a dejarte sin aliento y sin querer parar de jugar. ¿Estamos hablando de meses? Años? ¿Un par de generaciones… o tres? Esa respuesta depende de cada uno, faltaría más, pero la razón de ser de Dying Light: The Beast no solo es romper esa mala racha, sino mostrar el camino a seguir.
Techland se ha tomado su debido tiempo para alinear sus ideas y tomar nota de sus propios tropiezos, pero la espera ha valido la pena. De entrada porque nos recuerda todos los aciertos y sensaciones positivas del Dying Light original y, desde ahí, nos plantea un juego más salvaje, más frenético y más redondo. A menor escala que la secuela, pero mejor construido. Y eso siempre juega en su beneficio.
Un juego más salvaje, más frenético y más redondo
Es más, si Dying Light: The Beast no lleva un número 3 en mitad del nombre es porque los polacos no han querido. Ni más, ni menos. El juego es una nueva entrega, una expansión venida a más o un spin-off? La nueva venida de Kyle Crane es todo lo anterior… y mucho más.
Como juego es acción en primera persona servida en un plato de menor tamaño que el de Dying Light 2: Stay Human, pero mucho mejor cocinada, sazonada y emplatada. Que te deja mejores sensaciones en sus mejores tramos y, en el proceso, te alienta de manera constante a llevar la violencia, la acción y la supervivencia al límite. Incluso más allá.
El día de la Bestia, según Techland
Dicho así podría parecer que este juego es puro caos desde el principio, pero la realidad es que solo convertiremos a Kyle Crane en el el equivalente al Diablo de Tasmania de Castor Woods, la nueva localización, llegado el momento. Siempre a nuestro ritmo y con margen para deambular entre un asunto y el siguiente. Para dar tumbos a nuestra bola mientras arrasamos con todo zombi que se nos ponga al paso. No de cualquier manera, sino al estilo salvaje.
El terror: el arma secreta de Dying Light: The Beast
Imagina un juego en el que la genuina barbarie no está reñido con el culto al detalle. Ahora, a eso, sumale la satisfacción de un protagonista cegado por la venganza y cuyas habilidades, poco a poco, exceden tus expectativas. Matas a un jefazo final y te vuelves más poderoso. Adquieres nuevas habilidades del modo Bestia. Avanzas y no solo tienes más y mejores armas, sino que puedes personalizarlas para aumentar su capacidad destructiva.
Las sensaciones supervivencia están completamente atadas al entorno y los enemigos y, pese a que llevas una linterna, cuando se oscurece no solo estarás a ciegas, sino que tus enemigos serán todavía más peligrosos. Haciendo cada vez más interesante el juego e invitándonos a mejorar lo suficiente como para poder volver a ver un amanecer.
Dying Light: The Beast es un homenaje a los fans. Un viaje de venganza, terror nocturno y parkour visceral. Es abrazar la barbarie, sí, pero también recuperar el alma de una franquicia que parecía perdida. Techland no solo regresa a la esencia del original… la lleva al límite. Aprendiendo de sus errores. Dejando atrás la ambición desmedida de Stay Human y apostando por una experiencia más contenida, más intensa y más fiel a lo que hizo grande a la saga.
En resumen, Dying Light: The Beast es un juego que no solo rompe con la mala racha de los últimos juegos de acción, sino que también nos muestra el camino a seguir. Un juego salvaje, frenético y redondo que nos deja sin aliento y sin querer parar de jugar.
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