Pasolini en la Italia de los años de plomo: la entrevista que anticipó la violencia
Una mirada al contexto de noviembre de 1975 y la frase que resonó como un presagio.

En los primeros días de noviembre de 1975, el cineasta Pier Paolo Pasolini vivía el apogeo de su carrera. La noticia se dio en medio de una Italia sumida en los «años de plomo», una etapa marcada por una profunda convulsión social y una violencia que parecía no tener límites.
Una crisis que se avivó tras el petróleo
El país todavía sentía los efectos de la crisis del petróleo de 1973, que había disparado la inflación y desencadenado una ola de huelgas masivas. La economía tambaleaba y la gente buscaba respuestas en la calle, mientras los partidos políticos se polarizaban hasta el punto de la confrontación directa.
Brigadas Rojas y la ultraderecha en la calle
En ese clima, los grupos armados de la izquierda, como las Brigadas Rojas, y los paramilitares de extrema derecha se disputaban el protagonismo del conflicto. Cada madrugada podía terminar con atentados, secuestros o asesinatos, y la sensación de que el país estaba al borde del abismo se hacía cada vez más palpable.
La Masacre del Circeo como detonante
El septiembre de ese mismo año quedó grabado en la memoria colectiva por la brutal Masacre del Circeo. Un puñado de jóvenes neofascistas secuestró, torturó y asesinó a dos chicas de clase trabajadora, un hecho que encendió la furia popular y puso en evidencia la violencia de la extrema derecha.
Pasolini habla con La Stampa
En medio de esa movida, Pasolini concedió una extensa entrevista al diario La Stampa. El director de «Teorema» habló de sus sueños revolucionarios y, sin querer, lanzó una frase que pronto se leería como una advertencia: «Yo bajo al infierno y sé cosas que no perturban la paz de los otros. Pero hay que tener cuidado. El infierno está subiendo y las ganas y necesidad de dar un garrotazo, de agredir y de matar es fuerte y es general».
El eco de sus palabras
La declaración del cineasta quedó resonando en los bares y en los colectivos de la época. En un país donde la violencia se había convertido en parte del día a día, sus palabras parecían describir con crudeza la atmósfera que se respiraba: una mezcla de miedo, rabia y la sensación de que la barbarie estaba escalando sin freno.
Ese contexto, cargado de tensiones económicas, políticas y sociales, muestra cómo la entrevista de Pasolini no fue solo una charla de artista, sino un retrato sincero de una nación que se debatía entre la esperanza de un cambio y la sombra de una violencia que no dejaba tregua.
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