Cuentan los que saben que en la intersección de las calles San Luis y La Cañada, lugar que hoy se conoce como Güemes, aparecía un fantasma muy particular. El espectro que algunos bautizaron como “el chancho Benedicto”.

Era un animal enorme que atemorizaba la zona. El porcino en cuestión aparecía de la nada y se perdía entre los matorrales sin dejar huella.
Corrían los tiempos de las carretas y las noches del barrio del Pueblo Nuevo se trasformaban en el lugar perfecto para los demonios. Barrancos profundos, escasa luz de faroles y un arroyo plagado de alimañas confulaban la receta perfecta de exquisitas leyendas. Cada esquina contaba con alguna bestia que se escondía bajo la forma de algún inocente animal doméstico. La granja del averno nació ahí y pronto arrojaría al mundo a su más querida criatura.
En aquellos días, los mercaderes iban de allá para acá, ofreciendo productos de virtudes excepcionales. Los carromatos tirados por caballos se desplazaban despacio, aprovechando las pausas que el pregón y las clientas requieren para encayar bajo la sombra de algún árbol. Una marea de mujeres ansiosas de novedades comerciales acudían al llamado, revolviendo telas importadas, ungüentos que curan el asma y tónicos para todo tipo de enfermedades. En un sector especial del aparador ambulante se ubicaban los elementos peredecederos como quesos artesanales y vinos de fabricación casera.
Benedicto, conocedor del arte ambulante, sabía el punto débil de las marchantas. Con tono adulador y un poco de astucia para los negocios, vendía con el mismo entusiasmo tanto los huevos de gallina virgen como cualquiera de sus productos más preciados.
En una libreta gastada, el comerciante anotaba religiosamente los datos del fiado y las características de los artículos que traería en su próxima visita.

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Benedicto era paciente y de charla amena que disfrutaba el trato con la gente. Nadie que lo conociera podría imaginar lo cerca que estaba su salto a la fama.
Un caballo a todo galope aparece de manera abrupta, arrastrando todo a su paso. Se desplaza errante como alma que lleva el diablo por las calles. Lleva a cuestas una carreta que Benedicto intenta controlar. Las imágenes de la escena duran segundos que para el mercader se convierten en una eternidad. Realiza maniobras desesperadas que empeoran la situación. El animal está sacado, poseído de una furia desconocida que solo el calicanto logra frenar.
El golpe fue brutal y certero. La vida del desgraciado terminó diseminada en el piso.
Bastaron pocos minutos para que una multitud sedienta de morbo acordonara el cuerpo. Los centinelas que se niegan al abandono del difunto se observan a montones. Todos saben que el finado es Benedicto por lo que la noticia corrió como pólvora en la ciudad entera, creando una muralla humana inexpugnable.
Los despojos humanos yacen esparcidos por todos lados mientras los espectadores improvisan un velorio. Se escuchan rumores sin cesar que responden preguntas que nadie hace. Recuerdan las andanzas de Benedicto, lo bueno que era. Un santo, dicen algunos.
Mientras esperan la llegada de las autoridades para que recojan los restos, uno de los espectadores descubre con asombro la mirada aterradora del mercader. Sus ojos parecen salidos de órbita y una mueca de horror completa el cuadro dantesco. De manera automática, todos hacen la señal de la cruz mientras uno se compadece encendiendo una vela.
Los días pasan pero las versiones sobre lo sucedido se incrementan de manera inusitada. Los lugareños intuían algo extraño en el ambiente que daba mala espina y germinaba en las mente colectiva.
Como era la costumbre, en el lugar del accidente se colocó un altar de muertos que los vecinos visitaban con frecuencia. Hasta ahí llegaban personas de los distintos barrios para rendir honores y rezar plegarias.
Por cuestiones desconocidas en aquel tiempo, la nueva posta espiritual se llenó de espanto.
A los trasnochados que circulaban por la zona se les aparecía un ser en forma de cerdo que los seguía. Uno de los tantos que contaron su testimonio afirma que cuando pasó junto a la cruz del finado sintió una brisa helada que le invadió el cuerpo. Inmovilizado por una fuerza descomunal, el hombre pensó en un primer momento que se trataba de algún cuchillero que lo acosaba en las sombras pero cuando sintió el bufido del animal supo que estaba en manos del demonio. Esa fue la primera vez que alguien relacionó a Benedicto con el fantasma del cerdo ya que al finalizar el relato aseguró haber visto la misma cara del mercader en forma de chancho.
Como el protagonista era un conocido borrachín, nadie quiso llevarle el apunte. No fue hasta que una mujer religiosa confirmara el relato que la leyenda cobró fuerza.
Ella cuenta que no era de noche sino todo lo contrario. Los primeros rayos del alba se apresuraban a salir cuando decidió acudir a misa de gallo. Caminó por el margen de La Cañada con la idea de rezar un padre nuestro a Benedicto. Estaba arrodillada cuando sintió una presencia a sus espaldas. Giró la cabeza pero no había nada. Intentó tranquilizarse y retomar el rezo pero fue imposible. Un jadeo animal se escuchó fuerte y claro. La mujer juntó fuerzas para enfrentar a las tinieblas. Se levantó del piso para dar la media vuelta. Como no había nadie cerca suyo emprendió su camino a la iglesia. Dio un par de pasos pero tuvo que frenar de golpe por la presencia de ese puerco maldito que la miraba con desprecio. ¡Era él!, dijo la desdichada.
Así, las historias de una presencia diabólica en el lugar se diseminaron por todos los rincones. La nueva mascota del infierno estaba suelta y fue bautizada como el chancho Benedicto, el mismo que en su figura humana escondiera la habilidad de convertirse en el animal que deseara.

Cuento de Silvia Magaña Martínez, basado en historias reales

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