Ron Gilbert no reinventa el género, lo trolea: Death by Scrolling es el roguelike más gamberro del año

El regreso del maestro de la aventura gráfica
Irreverente, absurdo y peligrosamente divertido. Si el infierno tuviera scroll vertical, probablemente lo habría diseñado Ron Gilbert. Y no sería un lugar de tormento eterno, que conste, sino un mundo de fantasía pixelado donde morir es parte del espectáculo, el barquero cobra en monedas de oro y hasta la Parca tiene sentido del humor.
Death by Scrolling, el nuevo roguelike del creador de Monkey Island, no solo es un giro inesperado en su legado: es una sátira jugable que convierte el castigo en carcajada y la frustración en arte.
Morir para aprender, aprender para morir mejor
El título de Death by Scrolling es una descripción completamente literal y casi completa de toda la propuesta. De entrada porque si te quedas atrás mientras la pantalla sube mueres, pero también por ser una declaración de intenciones. Este juego no solo se burla de ti, se burla del medio, de sus convenciones, y de la obsesión por avanzar sin mirar atrás.
Un roguelike con alma de aventura gráfica… capaz de matarte de risa
Entonces, ¿estamos ante un buen juego o una parodia de los roguelikes y el juego indie? Las dos cosas a la vez. Death by Scrolling es un roguelike en toda regla con sus combates rápidos, potenciadores absurdos y enemigos que parecen salidos de una pesadilla con sentido del humor y el progresión por intentos que se espera del ciclo de jugar, morir y empezar (casi) desde cero.
Death by Scrolling: scroll, muere, ríe, repite
Tras conquistar la aventura gráfica, Gilbert demuestra que se puede ofrecer el mismo tipo de humor picaresco más allá de la senda del point & click. En Death by Scrolling demuestra que su talento no depende del género, sino del enfoque. No ha reinventado el roguelike, lo ha convertido en una parodia brillante.
La carta de amor retorcida del videojuego
Death by Scrolling es una carta de amor retorcida al videojuego como medio. Es frenético, gracioso, desafiante y, sobre todo, honesto. Ron Gilbert no intenta replicar su pasado, sino reinventarse con una propuesta que, aunque distinta, conserva su esencia: hacerte pensar mientras te ríes… y mueres.
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