Deporte y migraña: ¿enemigo o aliado? La ciencia revela la dosis ideal
Descubrí cómo el ejercicio bien planificado puede frenar las crisis de migraña sin empeorarlas.

Un estudio publicado a principios de octubre de 2026 confirmó que la práctica regular de ejercicio físico, cuando se hace con la intensidad y frecuencia correctas, puede reducir tanto la intensidad como la frecuencia de las crisis de migraña. La investigación, liderada por la Universidad de Valencia, analizó 15 estudios previos y más de 250 pacientes, definiendo una “dosis” que parece marcar la diferencia entre empeorar la condición o usarla como herramienta terapéutica.
El peso de la migraña en la salud pública
Según el informe Global Burden of Disease de 2019, la migraña ocupa el segundo lugar entre las causas de discapacidad a nivel mundial y la primera entre las mujeres jóvenes. En Argentina, la prevalencia sigue la tendencia global: la mayor carga recae en mujeres de entre 15 y 49 años, que reportan una carga de enfermedad 1,6 veces mayor que la de los hombres.
Por qué el deporte puede desencadenar una crisis
El vínculo entre el esfuerzo físico y la aparición de migrañas no es nuevo. Un estudio de 2013 realizado en una consulta especializada mostró que el 38 % de los pacientes había sufrido al menos una crisis provocada directamente por el ejercicio, lo que llevó a más de la mitad a abandonar la actividad física. La razón principal es la liberación del neuropéptido CGRP, un agente inflamatorio que participa en la fisiopatología de la migraña. A esto se suman factores como un calentamiento insuficiente, descansos mal planificados o sobreentrenamiento, que generan un ciclo “boom‑and‑bust” muy temido por los pacientes.
El otro lado de la balanza: beneficios a largo plazo
Superada la barrera inicial, el ejercicio regular actúa modificando el umbral de disparo del cerebro, dificultando que se inicie una crisis. La investigación valenciana encontró que los beneficios siguen una curva en forma de “U”: demasiado poco o demasiado ejercicio no produce la mejora esperada, mientras que una carga moderada sí.
¿Cuál es la dosis ideal?
Los investigadores proponen un esquema preliminar de tres sesiones semanales de 30 minutos cada una, durante 10‑11 semanas, a una intensidad del 50‑70 % del VO₂máx. Con esa pauta, el mayor descenso en la intensidad del dolor se observa alrededor de los 900 min acumulados, y la reducción de la frecuencia de crisis se estabiliza cerca de los 950 min.
Ejercicio versus medicación: lo que dicen los ensayos
Un estudio de 2011 comparó tres grupos: uno que hacía ejercicio 40 minutos tres veces por semana, otro que recibía una terapia de relajación y un tercero que tomaba un fármaco preventivo de alta potencia. Los resultados mostraron que el grupo activo redujo las crisis en un promedio de una por mes, cifra similar a la obtenida con el medicamento. La diferencia radica en que el ejercicio no genera los efectos secundarios típicos de los fármacos, lo que lo convierte en una alternativa viable para muchos pacientes.
Combinación de entrenamientos: aeróbico y anaeróbico
Las pruebas más recientes indican que la mejor estrategia es combinar entrenamiento aeróbico y de fuerza. Un estudio publicado en 2025 sugiere entre 70 y 135 minutos semanales de actividad a intensidad moderada, distribuidos en 8‑10 semanas, para obtener la mayor reducción de crisis.
En la práctica, la clave está en diseñar un plan personalizado, con un buen calentamiento, descansos adecuados y una progresión gradual de la carga. Consultar a un fisioterapeuta o a un médico especializado en cefaleas puede ayudar a evitar los episodios desencadenados por un esfuerzo mal planificado y a convertir el deporte en una verdadera herramienta de prevención.
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